Herejes de Duna
Herejes de Duna —La Dispersión nos obligó a adaptarnos —respondió Odrade.
Taraza se detuvo y miró hacia una ventana que daba al espacio. —Y si no lo hacemos, no habrá un futuro para ninguna de nosotras.
En Rakis, Sheeana miró hacia el horizonte, donde las dunas parecían infinitas. Sentía el desierto como una extensión de sí misma, un lugar lleno de posibilidades y peligros.
—La rueda gira —dijo en voz baja.
Un gusano gigante emergió de la arena frente a ella, inclinándose como si esperara una orden. Sheeana sonrió levemente y subió a su lomo.
Mientras se adentraba en el desierto, el sol iluminaba su figura, una silueta diminuta pero imponente en la vastedad del paisaje. Ella era el pasado y el futuro, la chispa que había encendido la tormenta y la llama que aún ardía.
Y en la distancia, más allá de las dunas, la guerra continuaba.