La interpretación de los sueños

La interpretación de los sueños

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El problema al que las precedentes consideraciones se refieren, o sea el de las causas de la mayor o menor intensidad o precisión de los diversos elementos del sueño, no debe ser confundido con el que plantea la distinta claridad de sueños enteros o fragmentados, lo contrario de precisión es vaguedad; en el segundo, confusión. Sin embargo, es innegable que las cualidades ascendentes y descendentes de ambas escalas se presentan en mutua correspondencia. Aquellos fragmentos de un sueño que muestran una mayor claridad contienen, en su mayor parte, elementos intensos, y por el contrario, un sueño oscuro se halla constituido por muy escasos elementos intensos. Pero el problema planteado por la escala que se extiende desde lo aparentemente claro hasta lo impreciso y confuso es mucho más complicado que el de las oscilaciones de la vivacidad de los elementos del sueño, y por razones que más adelante expondremos, no nos es posible someterlo todavía a discusión. En algunos casos observamos, no sin sorpresa, que la impresión de claridad o imprecisión producida por un sueño no depende en absoluto del proceso de su constitución, sino que procede del material onírico, a título de componente del mismo. Así, recuerdo un sueño que me pareció, al despertar, tan especialmente bien constituido, coherente y claro, que antes de disipar por completo en mí el aturdimiento del reposo, me propuse establecer una nueva categoría de sueños no sometidos a los mecanismos de la condensación y el desplazamiento, y que habrían de calificarse de «fantasía durante el reposo». Pero un más detenido examen me demostró que ese sueño poco común presentaba en su constitución las mismas fisuras y soluciones de continuidad que otro cualquiera, con lo cual hube de renunciar a la categoría de las fantasías oníricas. Su contenido era que yo exponía a mi amigo Fliess una difícil teoría de la bisexualidad, constituida al cabo de trabajosas investigaciones, y la fuerza realizadora de deseos hacía que dicha teoría (que, por lo demás, no era comunicada en el sueño) nos pareciese clara y sin lagunas. Así, pues, aquello que yo había considerado como un juicio sobre el sueño completo era una parte, y precisamente la esencial, del contenido.onírico. La elaboración onírica parecía extenderse, en este caso, a los comienzos del pensamiento despierto y me ofrecía como juicio sobre el sueño aquella parte del material onírico cuya exacta representación no le había sido dado conseguir en el mismo. Análogo a éste es el caso de una paciente mía que, hallándose sometida al tratamiento psicoanalítico, se resistió a relatarme un sueño, cuyo análisis había de formar parte del mismo, alegando que «era demasiado impreciso y confuso». Por último, entre repetidas protestas de la insegura vaguedad de las representaciones oníricas, relató que su sueño le había presentado varias personas -ella misma, su marido y su padre-, siendo como si ella no hubiese sabido si su marido era su padre o quién era su padre o algo parecido. La comparación de este sueño con las ocurrencias de la sujeto durante la sesión demostró, sin lugar a dudas, que se trataba de la vulgar historia de una criada que había tenido que confesar hallarse embarazada y a la que se expresaban dudas sobre «quién sería el padre» (del esperado hijo). La oscuridad que el sueño mostraba era, pues, también en este caso, una parte del material que hubo de provocarlo, y esta parte quedaba representada en la forma misma del sueño. La forma del sueño o del soñar es utilizada con sorprendente frecuencia para la representación del contenido encubierto.


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