Moisés y la religión monoteísta
Moisés y la religión monoteísta En una reflexión más detenida, debemos confesarnos que desde hace mucho tiempo nos comportamos como si la herencia de huellas mnémicas de lo vivenciado por los ancestros, independientemente de la comunicación directa y de la influencia de la educación mediante el ejemplo, no estuviera en cuestión. Cuando hablamos de la persistencia de una antigua tradición en un pueblo, de la formación del carácter de un pueblo, la mayor parte de las veces teníamos en mente semejante tradición heredada y no una propagada por comunicación. O al menos no diferenciábamos entre ambas ni teníamos clara la osadía en que incurrimos con tal omisión. Nuestro planteamiento se ve sin embargo dificultado por el enfoque actual de la ciencia biológica, que no quiere saber nada de una herencia de atributos transmitidos a los descendientes. Pero con toda modestia confesamos que, a pesar de ello, no podemos prescindir de este factor en la evolución biológica. No se trata ciertamente de lo mismo en ambos casos, allí de atributos adquiridos que son difíciles de captar, aquí de huellas mnémicas de impresiones exteriores, algo por así decir tangible. Pero lo que sin duda sucede es que en el fondo no podemos representarnos lo uno sin lo otro. Si aceptamos la persistencia de tales huellas mnémicas en la herencia arcaica, hemos tendido un puente sobre el abismo entre la psicología individual y la colectiva, podemos tratar a los pueblos igual que al individuo neurótico. Admitido que para las huellas mnémicas en la herencia arcaica no tenemos por el momento una prueba más fuerte que aquellos fenómenos residuales del trabajo analítico que exigen una derivación de la filogénesis, esta prueba nos parece sin embargo lo bastante fuerte para postular tal estado de cosas. Si no es así, no avanzaremos, ni en el psicoanálisis ni en la psicología de las masas, un solo paso más en el camino emprendido. Es un atrevimiento inevitable.