La sabiduría del padre Brown

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–Tenía mejores motivos -replicó el oficial con frialdad-. Paso por alto lo primero por ser demasiado simple, me refiero a que los atletas de moda no corren por los campos arados ni se hieren los ojos atravesando zarzas. Ni tampoco corren inclinados como un perro de caza. Había detalles más decisivos para una vista bien entrenada. El hombre llevaba una ropa basta y desgarrada, aunque era algo más que basta y estaba algo más que desgarrada. Le quedaba tan mal que daba una impresión grotesca. Incluso cuando apareció como una sombra contra la luz de la luna, el cuello en el que se hundía su cabeza parecía una joroba, y las largas mangas sueltas daban la sensación de que no tenía manos. Se me ocurrió enseguida que había hecho algo para cambiar sus ropas de presidiario por otras de confederado que no le quedaban bien. En segundo lugar, había un fuerte viento contra él mientras corría, de tal modo que habría podido ver el pelo ondeando, sino lo hubiera tenido muy corto. Pero en ese momento recordé que más allá de esos campos labrados estaba el lago de Pilgrim, para el cual (como usted recordará) el prisionero reservaba su última bala; asique lancé mi bastón.

–Una pieza brillante de rápida deducción -dijo el padre Brown-, pero, ¿tenía una pistola?.


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