La sabiduría del padre Brown
La sabiduría del padre Brown
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El cuento de hadas del padre Brown
La ciudad pintoresca y el Estado de Heiligwaldenstein formaban uno de esos principados de juguete que aún constituyen el Imperio Alemán. Había caído bajo la hegemonía prusiana hacía tiempo, cincuenta años antes del verano en que Flambeau y el padre Brown se encontraban sentados en sus jardines bebiendo cerveza. Ninguna guerra ni ningún ajuste de cuentas habían desaparecido de la memoria de sus habitantes, como mostraremos a continuación. Pero al contemplarlo todo uno no podía evitar la impresión de infantilidad; ésa es la parte más encantadora de Alemania, de esas pequeñas monarquías paternales de pantomima en las que un rey parece más doméstico que un cocinero. Los soldados alemanes, en las innumerables garitas, parecían de plomo, y las almenas limpiamente recortadas del castillo, doradas por los rayos del sol, parecían hechas de pan de jengibre. Porque hacía un tiempo excepcional. El cielo era de un azul tan prusiano como lo podría requerir Potsdam, pero se parecía más a ese uso despilfarrador y ardiente que los niños hacen del color. Incluso los árboles vestidos de gris parecían jóvenes, pues sus brotes aún eran rosa y contra el intenso azul del cielo daban la impresión de ser innumerables figuras infantiles.
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