Cien años de soledad
Cien años de soledad Amaranta Úrsula regresó de Europa con su esposo, Gastón, cargando con una energía que contrastaba con la muerte lenta de su linaje. Creía en la posibilidad de devolverle la vida a la casa de los Buendía, de reconstruir los muros, de llenar las habitaciones con risas y sueños.
—Macondo no está muerto, solo dormido —le decía a Gastón, mientras limpiaba las capas de polvo que cubrían los muebles. —Tal vez es mejor dejarlo dormir para siempre —respondía él, con una mezcla de escepticismo y resignación.
Sin embargo, el espíritu indomable de Amaranta Úrsula era un destello en la oscuridad. Comenzó a restaurar el jardín, arrancando las malas hierbas que se habían tragado las flores, pero mientras lo hacía, el pasado seguía acechándola. En las noches, oía los pasos de Úrsula en los pasillos, el crujir del sudario de Amaranta, las risas lejanas de José Arcadio y Rebeca.
En medio de todo, Aureliano, el último de los Buendía, observaba desde las sombras. Era un hombre marcado por la soledad, criado en una casa que ya no sabía lo que significaba el amor. Pero en Amaranta Úrsula encontró algo que nunca había tenido: calidez. Ella era todo lo que Macondo había perdido, una chispa de vida en un lugar donde el tiempo se había detenido.