Fuego y Sangre
Fuego y Sangre Fue entonces cuando Aegon tomó una decisión que cambiarÃa el curso de su reinado. Ordenó a los herreros de Poniente que forjaran un trono con las espadas de sus enemigos derrotados. Un sÃmbolo de su poder, pero también de su dominio a través del miedo.
Cuando el Trono de Hierro fue finalmente presentado en la Fortaleza Roja, Aegon lo contempló en silencio. Las hojas torcidas y los filos afilados reflejaban la luz como un recordatorio constante de los sacrificios hechos para unir los reinos.
—Que este sea el emblema de nuestro legado —dijo, apoyando una mano sobre el frÃo metal—. Un reino forjado en fuego y sangre, pero mantenido con justicia.
Sin embargo, en los rincones más oscuros del reino, las sombras comenzaban a moverse. Las alianzas frágiles, las revueltas silenciosas y las ambiciones ocultas dejaban claro que, aunque Aegon habÃa ganado la guerra, gobernar serÃa un desafÃo aún mayor.
El Trono de Hierro estaba asegurado, pero las cadenas de fuego y sangre que lo sostenÃan comenzaban a mostrar grietas. Y las cicatrices de la resistencia dornense eran un recordatorio constante de que la unificación de Poniente nunca estarÃa completa mientras hubiera una llama que se negara a extinguirse.