Almas muertas

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—¿Se da usted cuenta? —dijo el general con una sonrisa irónica, dirigiéndose a Chichikov—. Constantemente estamos discutiendo —y volviéndose hacia su hija continuó—: Qué quieres que haga, querida, ¿que lo arroje de casa?

—No es preciso echarlo. Pero ¿por qué usas con él tantas muestras de consideración y afecto?

Al llegar aquí, Chichikov se consideró obligado a colocar unas palabras.

—Todos desean el cariño, señorita —dijo—. ¡Qué le vamos a hacer! Incluso los animales aman las caricias. Desde el establo donde se encuentran sacan el hocico como si suplicaran: ¡acaríciame!

El general se puso a reír.

—Precisamente sacan el hocico. ¡Acaríciame, acaríciame! ¡Ja, ja, ja! Y no sólo el hocico, sino que todo él aparece cubierto de suciedad, y quiere como si dijéramos un estímulo… ¡Ja, ja, ja!

El robusto cuerpo del general se vio sacudido por las carcajadas. Los hombros, que otros tiempos habían soportado las macizas charreteras, se agitaban como si aún las llevara. Chichikov se permitió asimismo una risita, aunque, por consideración hacia el general, lo hizo con la letra e: ¡je, je, je! Y asimismo su cuerpo se vio estremecido, si bien sus hombros no se agitaron, ya que no habían soportado el peso de unas macizas charreteras.


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