Almas muertas

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Manilov se sintió extraordinariamente conmovido. Los dos amigos permanecieron durante un buen rato estrechándose las manos y, silenciosos, se miraron fijamente a los ojos, de los que fluían las lágrimas. Manilov no se decidía a soltar las manos de nuestro protagonista, y las estrechaba con tanto ardor que éste no sabía ya cómo desprenderlas. Al fin consiguió ir retirándolas poco a poco y declaró que sería preferible firmar sin pérdida de tiempo la escritura, para lo cual sería conveniente que el propio Manilov se trasladara a la ciudad.

Después cogió el sombrero con intención de despedirse.

—¡Cómo! ¿Ya quiere marcharse? —dijo Manilov casi asustado, después de haber vuelto ya a la normalidad.

En este preciso instante su esposa penetró en el despacho.

—Lisanka —le dijo él algo compungido—, Pavel Ivanovich se va.

—Será porque se ha aburrido con nosotros —observó la dueña de la casa.


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