Almas muertas
Almas muertas —Señora —exclamó Chichikov—, aquÃ, aquà mismo —prosiguió llevándose la mano al corazón—, sÃ, aquà conservaré el grato recuerdo de las horas que he pasado en su compañÃa. Y puede estar segura de que para mà la felicidad máxima serÃa vivir con ustedes, si no en la misma casa, por lo menos no lejos de ella.
—¿Sabe una cosa, Pavel Ivanovich? —dijo Manilov, a quien aquella idea le pareció magnÃfica—. SerÃa en efecto un gran placer vivir juntos en una misma casa, filosofar sobre cualquier materia, profundizar un tema a la sombra de los árboles…
—¡Oh! ¡Qué vida paradisÃaca serÃa! —exclamó Chichikov, suspirando—. Adiós, señora —agregó mientras besaba la mano a la anfitriona—. Adiós, mi honorable amigo. No se olvide de mi encargo.
—Tenga la completa seguridad de que no me olvidaré —repuso Manilov tranquilizándole—. Volveremos a vernos dentro de dos dÃas como máximo. Todos se dirigieron al comedor.
—Adiós, queridos niños —dijo Chichikov al ver a TemÃstoclus y Alcides, que en aquellos momentos jugaban con un húsar de madera al que le faltaban ya un brazo y la nariz—. Adiós, pequeños. Perdonadme que no os haya traÃdo nada, pero la verdad es que no tenÃa la menor idea de vuestra existencia. Sin embargo, la próxima vez que vuelva por aquà os traeré algo. A ti te traeré un sable. ¿Quieres un sable?