Almas muertas

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—Sí —contestó Temístoclus.

—Y para ti un tambor. ¿No es cierto que deseas un tambor? —continuó inclinándose hacia el pequeño.

—Un tambor —murmuró Alcides mirando hacia el suelo.

—Bueno, te traeré un tambor. Un estupendo tambor que hará así: tan, rataplán, plan, tan, rataplán, plan… Adiós encanto. Adiós.

Le besó en la frente y se volvió hacia sus anfitriones con esa risita con que se suele hablar a los padres cuando se trata de los inocentes caprichos de sus hijos.

—Sinceramente se lo digo, Pavel Ivanovich, haría usted bien en quedarse —dijo Manilov después que todos hubieron salido al portal—. Fíjese usted en esos nubarrones.

—No son más que unas nubecillas sin importancia —replicó Chichikov.

—¿Ya sabe cuál es el camino que lleva a la hacienda de Sobakevitch?

—Pensaba preguntárselo ahora.

—Permítame, se lo voy a indicar a su cochero.

Manilov dio al cochero toda clase de explicaciones, y lo hizo con tanta amabilidad, que en cierto momento llegó incluso a tratarle de «usted».


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