Almas muertas

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Manilov estuvo aún en el portal por más tiempo contemplando cómo desaparecía el carruaje, y allí continuó, fumando su pipa, cuando ya lo había perdido de vista. Por último, se marchó al interior de la casa, y habiéndose sentado en una silla, se dedicó a reflexionar, alegrándose de todo corazón por la ocasión que se le había deparado de proporcionar una pequeña satisfacción a su invitado. Después sus reflexiones fueron desviándose sin darse cuenta hacia otras materias hasta que finalmente acabaron por perderse Dios sabe dónde. Pensó en los placeres de la amistad, en la delicia que sería vivir a orillas del río con un amigo; luego, a través de dicho río tendería un puente, construiría más adelante una gran casa con un mirador tan elevado que desde él podría divisarse Moscú; allí, al caer la tarde, tomarían el té al aire libre y conversaría acerca de agradables temas. Acto seguido, Chichikov y él asistirían sobre magníficos carruajes a una reunión en la que todos se sentirían seducidos por su amable trato, y el zar, que al fin se enteraba de la estrecha amistad que les unía, los nombraba generales, siguiendo por último algo que sólo Dios sabía qué era y que él no lograba entender. La peregrina petición que Chichikov le había hecho interrumpió de modo brusco el curso de sus ensueños. Por mucho que lo intentaba, era incapaz de comprender el sentido que se ocultaba tras todo aquello. Permaneció dándole vueltas y más vueltas sin conseguir hallar una explicación satisfactoria, y de esta manera se le pasó el tiempo, fumando la pipa, hasta que llegó la hora de cenar.


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