Historias de San Petersburgo

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La obra de aquel pintor se le aparecía semejante a una desposada, pura, inmaculada y hermosa. Descollaba sobre todas las cosas, discreta, divina, candorosa y sencilla como el genio. Se hubiera dicho que las celestiales figuras bajaban pudorosamente sus bellas pestañas, sorprendidas de que tantas miradas se clavasen en ellas. Los expertos contemplaban con involuntario asombro la obra de aquel pincel nuevo, desconocido. Todo parecía juntarse allí: la escuela de Rafael, reflejada en la nobleza de las actitudes, y la escuela de Correggio, palpitante en la depurada perfección de la pincelada. Pero lo más impresionante era la fuerza de la inspiración, innata en el alma del artista, que saturaba cada uno de los objetos representados en el cuadro, donde la ordenación y la fuerza interna estaban plenamente logradas. En todo había sido captada la fluida redondez de líneas propia de la Naturaleza, sólo visible para el artista capaz de crear y que el copista traduce en ángulos. Podía verse cómo el artista había recogido primero en su alma todo lo que absorbió del mundo exterior, para lanzarlo luego, desde ese manantial del espíritu, en forma de canción armoniosa y solemne. Hasta los profanos veían claramente el insondable abismo que existe entre la creación y la simple copia de la Naturaleza. Era casi imposible expresar el gran silencio en que estaban sumidos involuntariamente cuando clavaban los ojos en el cuadro. No se escuchaba ni un roce, ni un susurro. Entre tanto, el cuadro se hacía más sublime por instantes, se desgajaba de todo en una creciente y maravillosa luminosidad, hasta convertirse, en ese instante, fruto de un pensamiento venido del cielo, del que la vida humana es sólo un preludio. Las lágrimas pugnaban por brotar de los ojos de las personas congregadas ante el cuadro. Se hubiera dicho, que todos los gustos, con todas sus audaces o erróneas desviaciones, se fundieran en un tácito himno a la divina obra. Chartkov permanecía inmóvil y boquiabierto ante el cuadro y sólo se recobró cuando visitantes y críticos rompiendo su silencio, se pusieron a comentar las virtudes de la obra y, finalmente, le pidieron a él su opinión. Quiso adoptar un aire natural de indiferencia y emitir el juicio corriente y trivial de los artistas estancados, eso de: “Sí, naturalmente... Es cierto... No se le puede negar el talento... Tiene algo... Se nota que algo ha querido expresar... Sin embargo, en lo que se refiere a lo principal..,” y, desde luego, añadir algunos de esos elogios que apabullan a cualquier artista. Eso quería hacer, pero las palabras expiraron en sus labios. En su lugar, brotaron atropelladamente las lágrimas y los sollozos y escapó de allí como un loco.


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