Historias de San Petersburgo

Historias de San Petersburgo

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Durante cosa de un minuto, permaneció quieto e insensible en medio de su espléndido estudio. Todas sus fibras y toda su vida despertaron dentro de él instantáneamente, igual que si hubiera vuelto a su juventud, igual que si se encendieran de nuevo las chispas extinguidas de su talento. Había caído de repente la venda que cubría sus ojos. ¡Dios! ¡Había sacrificado despiadadamente, los mejores años de su juventud! ¡Había destruido y apagado la chispa de un fuego que quizá alentaba en su pecho, que quizá hubiera alcanzado ahora plenitud de grandeza y hermosura, que quizá hiciera brotar también lágrimas de asombro y gratitud! ¡Y lo había destruido todo, lo había destruido sin la menor compasión! Creyó sentir que, de golpe y repentinamente, revivían en su alma todos los afanes y los ímpetus experimentados en tiempos. Tomó un pincel y se aproximó a un lienzo. El sudor del esfuerzo perló su rostro. Todo en él era deseo de dar vida a una idea; quería representar un ángel caído. Era la idea que mejor recordaba con su estado de ánimo. Pero, ¡ay!, las figuras, las actitudes, los grupos y las ideas iban apareciendo forzados e incoherentes. El pincel y la imaginación estaban ya excesivamente acotados, y el estéril impulso de romper barreras y las trabas impuestas por ellos mismos sólo conducía a incorrecciones y errores. Había desdeñado la larga y fatigosa escalera del estudio paulatino y de las leyes primordiales en que se basa toda gran creación futura. Embargado por la contrariedad, mandó sacar del estudio todas sus últimas obras, todos los cuadros de moda carentes de vida, los retratos de húsares, grandes damas y consejeros de Estado. Dio orden de no franquear la puerta a nadie y, recluido en su estudio, se entregó de pleno al trabajo con la paciencia de un joven principiante, de un aprendiz. Pero ¡con qué implacable ingratitud pagaba sus esfuerzos lo que salía de sus pinceles! Lo frenaba a cada paso la ignorancia de los elementos más rudimentarios. Un mecanismo simple e insignificante helaba cualquier impulso y alzaba una barrera infranqueable para la imaginación. Mecánicamente, el pincel volvía a las formas troqueladas: las manos adoptaban la posición acostumbrada, la cabeza no osaba tomar un giro nuevo y hasta las vestiduras se rebelaban y repetían los pliegues de siempre, en lugar de amoldarse a una postura nueva del cuerpo. Y Chartkov lo notaba, se daba perfecta cuenta de ello.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker