Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡No, no te escaparás de mí! —gritaba el alcalde, arrastrando de la mano a un hombre vestido con una pelliza negra de piel de cordero vuelta del revés. El destilador acudió corriendo y se acercó para ver el rostro de ese perturbador de la paz, pero retrocedió confundido en cuanto distinguió una barba larga y una cara terriblemente pintarrajeada—. No, no te escaparás de mí —gritaba el alcalde, que seguía empujando hacia la entrada a su prisionero, aunque éste no oponía la menor resistencia y le seguía tranquilamente, como si se dirigiera a su propia casa—. Karpo, abre el granero —dijo el alcalde al guardia—. ¡Vamos a meterlo en el granero oscuro! Después despertaremos al escribano, reuniremos a los demás guardias, atraparemos a todos esos alborotadores y hoy mismo dictaremos una resolución contra ellos.
El guardia hizo tintinear un pequeño candado suspendido de la puerta y abrió el granero. En ese momento el prisionero, aprovechándose de la oscuridad del lugar y haciendo gala de una fuerza poco común, se liberó de las manos del alcalde.
—¿Adónde vas? —le gritó el alcalde, agarrándolo del cuello con mayor fuerza.
—¡Déjame, soy yo! —dijo el prisionero con una voz muy fina.