Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Pierdes el tiempo, pierdes el tiempo, hermano! ¡Puedes hacerte pasar por una mujer, e incluso por el diablo, pero no me engañarás! —y le empujó al interior del oscuro granero con tanta fuerza que el pobre prisionero cayó al suelo y lanzó un gemido; luego, en compañÃa del guardia, el alcalde se dirigió a casa del escribano, seguido por el destilador, que levantaba tanto humo con su pipa como un barco de vapor.
Los tres iban con la cabeza baja, sumidos en sus propios pensamientos, cuando de pronto, al entrar en un oscuro callejón, un fuerte golpe en la frente les hizo gritar al unÃsono, mientras alguien les respondÃa con un grito similar. El alcalde, guiñando su único ojo, reconoció con estupefacción al escribano, que avanzaba en compañÃa de dos guardias.
—Precisamente me dirigÃa a tu casa, señor escribano.
—Y yo a la de su excelencia, señor alcalde.
—Están pasando cosas muy raras, señor escribano.
—Asà es, señor alcalde.
—¿Qué sucede?
—¡Los muchachos se han vuelto locos! Van en grupos por las calles cometiendo toda clase de desórdenes. Honran a su excelencia con tales lindezas que da vergüenza repetirlas; ni siquiera un borracho se atreverÃa a pronunciarlas con su lengua impura.