Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka El escribano, un hombre delgaducho, con pantalones bombachos de dril y un chaleco del color de la levadura, acompañaba sus palabras con movimientos del cuello, que estiraba y luego volvÃa a encoger.
—Estaba a punto de quedarme dormido, cuando esos malditos granujas me levantaron de la cama con sus desvergonzadas canciones y sus ruidos. Quise darles un escarmiento, pero mientras me ponÃa los pantalones y el chaleco se dispersaron por todas partes. No obstante, hemos atrapado al principal culpable. Ahora mismo está canturreando en la jata en la que encerramos a los presos. ArdÃa en deseos de saber quién es ese pájaro, pero tiene la cara tan pintarrajeada de hollÃn como el diablo que forja los clavos para los pecadores.
—¿Y cómo va vestido, señor escribano?
—Ese hijo de perra lleva una pelliza negra vuelta del revés, señor alcalde.
—¿No estarás mintiendo, señor escribano? Precisamente tengo a ese granuja encerrado en mi granero.
—No, señor alcalde. Es usted el que se equivoca, dicho sea sin ofender.
—¡Traed luz! ¡Vamos a verlo!
Acercaron una luz, abrieron la puerta y el alcalde lanzó un grito de sorpresa al ver ante sà a su cuñada.