Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Dime, por favor —le abordó ella—, ¿es que has perdido el juicio por completo? ¿HabÃa una pizca de cerebro en tu cabeza de tuerto cuando me arrojaste en el granero oscuro? Menos mal que no me di en la cabeza con ese gancho de hierro. ¿Acaso no te grité que era yo? ¡Me cogiste, maldito oso, con tus garras de hierro y me empujaste! ¡Ojalá te empujen asà los diablos en el otro mundo!
Esas últimas palabras fueron pronunciadas ya en la calle, adonde la habÃa conducido alguna razón personal.
—¡SÃ, ya veo que eres tú! —exclamó el alcalde, recobrando su humor habitual—. ¿Qué dices tú, señor escribano? ¿No es un canalla ese maldito granuja?
—Un canalla, señor alcalde.
—¿No es hora de darles una buena lección a todos esos haraganes y obligarles a que se ocupen de cosas serias?
—Ya lo creo que sÃ, señor alcalde.