Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Los muy estúpidos se han creÃdo… ¡Diablos! Me ha parecido oÃr gritar a mi cuñada en la calle. Los muy estúpidos se han creÃdo que están a mi altura. ¡Piensan que soy un compañero suyo, un simple cosaco! —La tosecilla y la mirada de soslayo que siguieron a esas palabras dieron a entender que el alcalde se disponÃa a hablar de algo importante. En el año mil… Esas malditas fechas; aunque me mataran no lograrÃa recordarlas; bueno, en la época a que me refiero, el comisario de entonces, Ledachi, recibió la orden de elegir entre los cosacos al más avisado de todos. ¡Oh! (el alcalde pronunció ese «¡oh!» levantando un dedo). ¡El más avisado de todos!… para que escoltara a la zarina… Yo, entonces…
—¡No es necesario que siga! Ya conocemos esa historia, señor alcalde. Todo el mundo sabe cómo se ganó usted el favor de la zarina. Pero ahora debe reconocer que yo tenÃa razón: ha cargado su conciencia con un pecado leve al decir que habÃa atrapado a ese granuja de la pelliza vuelta del revés.