Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —En cuanto a ese diablo de la pelliza vuelta, habrá que darle un buen escarmiento que sirva de advertencia a los demás: que le pongan cadenas en los pies y se le aplique un castigo ejemplar. ¡Asà aprenderán a respetar la autoridad! ¿Acaso no es el zar quien designa al alcalde? Después nos ocuparemos de los otros muchachos. No he olvidado que esos malditos granujas soltaron en mi huerto un rebaño de cerdos que se comieron todas mis coles y pepinillos. No he olvidado que esos hijos de Satanás se negaron a moler mi trigo. No he olvidado… Pero que se vayan al diablo; lo que ahora necesito saber es quién es ese canalla de la pelliza del revés.
—¡Por lo que veo es un pájaro de cuenta! —dijo el destilador, cuyas mejillas, durante todo el tiempo que duró esa conversación, no dejaron de llenarse de humo, como un cañón de guerra, mientras los labios, al soltar la corta pipa, se convertÃan en un verdadero surtidor de nubes—. En cualquier caso, no estarÃa mal tener un hombre como ése en la fábrica de aguardiente; aunque lo mejor serÃa colgarlo en lo alto de un roble como un farol.
Semejante agudeza no pareció completamente estúpida al destilador, pues en ese mismo instante, sin esperar el asentimiento de los otros, decidió recompensarse con una ronca risa.