Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Poco después se aproximaron a una pequeña jata medio derruida; la curiosidad de nuestros paseantes iba en aumento. Todos se agolparon ante la puerta. El escribano sacó una llave que tintineó junto a la cerradura; pero era la de su baúl. La impaciencia crecía. El escribano empezó a rebuscar en las ropas y a lanzar juramentos, pues no lograba encontrarla. «¡Aquí está!», dijo por fin, inclinándose y sacándola de las profundidades de uno de los vastos bolsillos que adornaban sus pantalones bombachos de dril. Al oír esas palabras, los corazones de nuestros héroes parecieron fundirse en uno solo, y ese corazón inmenso empezó a palpitar con tanta fuerza que ni siquiera el chirrido de la cerradura consiguió sofocar su irregular latido. La puerta se abrió y… el alcalde se puso tan pálido como una sábana; el destilador sintió un escalofrío y sus cabellos se erizaron como si tuvieran intención de salir volando; en el rostro del escribano se dibujó una expresión de terror; los guardias quedaron clavados al suelo, sin poder cerrar las bocas, que se habían abierto al unísono: ¡ante ellos estaba la cuñada del alcalde!
Aunque la mujer parecía tan sorprendida como ellos, se recuperó un poco e hizo intención de aproximarse.