Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Alto! —gritó el alcalde con voz salvaje, y le cerró la puerta en las narices—. ¡Señores! ¡Es Satanás! —continuó—. ¡Fuego! ¡Rápido, que prendan fuego! ¡No me da pena de esta jata, aunque sea un bien público! ¡Quemadla, quemadla, para que no quede del diablo ni los huesos!
La cuñada, que habÃa oÃdo el veredicto desde el otro lado de la puerta, lanzaba gritos de terror.
—¡Pero qué estáis haciendo, hermanos! —dijo el destilador—. Gracias a Dios peináis ya canas, pero por lo visto no habéis aprendido nada: una llama ordinaria no basta para quemar a una bruja. Sólo el fuego de una pipa puede abrasar a una hechicera. ¡Esperad, ahora mismo lo arreglaré todo!
Tras pronunciar esas palabras, vació las cenizas ardientes de la pipa en un montón de paja y empezó a soplar sobre la llama. En ese momento la desesperación dio ánimos a la pobre cuñada, que empezó a suplicar con fuertes voces, tratando de sacarles de su error.
—¡Esperad, hermanos! ¿Por qué arriesgarse a cometer un pecado en vano? Tal vez no se trate de Satanás —exclamó el escribano—. Si la criatura que está ahà metida acepta santiguarse, será una señal segura de que no es el diablo.
La proposición fue aprobada.