Las Veladas de Dikanka

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—¡Apártate de mí, Satanás! —continuó el escribano, pegando los labios a una hendidura de la puerta—. ¡Si no te mueves de tu sitio, abriremos la puerta!

Abrieron la puerta.

—¡Santíguate! —exclamó el alcalde, mirando hacia atrás, como buscando un lugar seguro por si fuera necesario salir corriendo.

La cuñada se santiguó.

—¡Qué diablos! ¡Es mi cuñada!

—¿Qué fuerza maligna te ha arrastrado a este cuchitril, comadre?

Entonces la cuñada contó entre sollozos que los mozos la habían asaltado en plena calle, la habían hecho pasar por la ancha ventana de la jata, a pesar de su oposición, y la habían encerrado clavando un postigo. El escribano echó un vistazo: en efecto, los goznes del amplio postigo habían sido arrancados y éste sólo estaba fijo a la parte de arriba por medio de una barra de madera.


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