Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Bueno estás tú, Satanás de un solo ojo! —gritó la mujer, avanzando hacia el alcalde, que retrocedió unos pasos sin apartar de ella la mirada—. Ya he visto cuáles eran tus intenciones: estabas deseando quemarme viva para poder cortejar libremente a las muchachas. ¡Para que nadie viera las tonterÃas de un abuelo canoso! ¿Acaso crees que no sé qué has estado hablando esta noche con Hanna? ¡Oh! Lo sé todo. No es fácil engañarme, y no será un cabeza de chorlito como tú quien lo consiga. He tenido mucha paciencia, pero no te quejes si…
Al tiempo que pronunciaba esas palabras, mostró el puño y se alejó con grandes pasos, dejando estupefacto al alcalde. «Seguramente el diablo ha intervenido en todo esto», pensó, rascándose con fuerza la coronilla.
—¡Lo hemos atrapado! —gritaron los guardias, entrando en ese momento.
—¿A quién? —preguntó el alcalde.
—Al diablo de la pelliza del revés.
—¡Traedlo aquÃ! —gritó el alcalde, cogiendo de las manos al prisionero cuando lo tuvo delante—. Os habéis vuelto locos: ¡si es el borracho Kalenik!