Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Maldición! ¡Lo tenÃamos en nuestro poder, señor alcalde! —contestaron los guardias—. Pero en el callejón nos rodearon esos malditos muchachos, se pusieron a bailar, nos zarandearon, nos sacaron la lengua, trataron de arrebatarnos al prisionero… ¡Que el diablo se los lleve!… ¡Sólo Dios sabe cómo hemos cogido a este pájaro de mal agüero en lugar del otro!
—Por el poder de que estoy investido y en nombre de toda la comunidad —dijo el alcalde— ordeno que se atrape inmediatamente a ese bandido, asà como a todos los que se encuentren en la calle, y que me los traigan para ser juzgados.
—¡Piedad, señor alcalde! —gritaron algunos guardias, haciendo profundas reverencias—. DeberÃas haber visto esas caras: que nos castigue Dios si, desde que nacimos y fuimos bautizados, hemos visto alguna vez unas jetas tan repugnantes. Pueden asustar de tal modo a un hombre de bien que después no habrá mujer que se atreva a verter el perepoloj.
—¡Os voy a dar yo perepoloj! ¿Qué pasa? ¿Os negáis a obedecerme? ¿Estáis confabulados con ellos? ¿Os amotináis? ¿Qué significa esto?… ¿Eh, qué significa esto?… Vosotros… ¡Voy a llevar el asunto ante el comisario! ¡En este mismo momento! ¿Me oÃs? ¡En este mismo momento! ¡Corred! ¡Volad como pájaros! Os voy… Me vais…
Todos se dispersaron.