Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka ¡Oh luna, luna mÃa!
¡Oh, tú, brillante estrella! ¡Ilumina la casa
de mi hermosa doncella!
La ventana se abrió en silencio y la misma muchacha cuyo reflejo habÃa contemplado en el estanque se asomó a ella y prestó oÃdos a la canción. Sus largas pestañas casi ocultaban sus ojos. Estaba tan pálida como un lienzo, como la luz de la luna. ¡Era una muchacha maravillosa y muy bella! De pronto se echó a reÃr… Levko se estremeció.
—¡Cántame una canción, joven cosaco! —dijo ella en voz baja, inclinando la cabeza y bajando ya del todo sus espesas pestañas.
—¿Qué canción quieres que te cante, mi bella señorita? Unas lágrimas silenciosas rodaron por su pálido rostro.
—Muchacho —dijo ella, y en sus palabras habÃa un matiz inefable y conmovedor—. ¡Muchacho, encuentra a mi madrastra! Te daré todo lo que me pidas. Serás recompensado.