Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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Te entregaré ricos y espléndidos presentes. Tengo bocamangas bordadas de seda, corales, collares. Te regalaré un cinturón guarnecido de perlas. También tengo oro… ¡Muchacho, encuentra a mi madrastra! Es una horrible bruja: en vida no me concedió un instante de paz. Me atormentaba, me hacía trabajar como una simple campesina. Mira mi cara: ha borrado el rubor de mis mejillas con sus sortilegios impuros. Mira mi blanco cuello: ¡no se quitan! ¡No se quitan! ¡Nada podrá borrar esas manchas azules de sus garras de hierro! Mira mis blancos pies: han caminado mucho, pero no por alfombras, sino por la ardiente arena, por la tierra húmeda, por las espinosas zarzas. Mira mis ojos, míralos: las lágrimas les impiden ver… ¡Encuéntrala, muchacho! ¡Encuentra a mi madrastra!

Su voz, que empezaba a subir de tono, de pronto se interrumpió. Arroyos de lágrimas resbalaban por su pálido rostro. Un sentimiento angustioso, mezcla de tristeza y amargura, oprimía el pecho del muchacho.

—¡Estoy dispuesto a todo por ti, bella mía! —exclamó con sincera emoción—. Pero ¿cómo conseguiré encontrarla?



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