Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—¡Mira, mira! —dijo ella con atropellada voz—. ¡Allí está, jugando al corro en la orilla con mis muchachas y calentándose a la luz de la luna! Es muy astuta y artera. Ha tomado el aspecto de una ahogada; pero yo sé, percibo que está aquí. Su presencia me sofoca, me ahoga. Me impide nadar con la ligereza y la libertad de un pez. Me hundo y me voy al fondo como una llave. ¡Encuéntrala, muchacho!

Levko contempló la ribera: en medio de la fina niebla plateada había unas muchachas ligeras como sombras, vestidas con camisas tan blancas como los lirios que cubrían el prado; collares de oro, gargantillas y ducados brillaban en sus cuellos; pero estaban pálidas. Sus cuerpos parecían compuestos de nubes transparentes y como atravesados por la luminosidad plateada de la luna. A medida que bailaban, las muchachas que conformaban el corro se iban aproximando a él. Se oyeron algunas voces.

—¡Al cuervo, vamos a jugar al cuervo! —gritaron todas, levantando un rumor semejante al de los juncos en la ribera, cuando son acariciados por los aéreos labios del viento en la serena hora del crepúsculo.

—¿Quién hará de cuervo?


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