Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Lo echaron a suertes y una muchacha se separó del grupo. Levko la miró con atención. En nada se diferenciaba de las otras: idénticos eran su rostro, su vestido y toda su apariencia; pero se advertÃa que interpretaba a regañadientes su papel. El grupo se estiró en una larga fila y empezó a huir de los ataques de su rapaz enemigo.
—¡No, no quiero ser cuervo! —dijo la muchacha, completamente agotada—. ¡Me da pena arrebatarle los polluelos a sus pobres madres!
«Tú no eres la bruja», pensó Levko.
—Entonces, ¿quién hará de cuervo?
Las muchachas se preparaban de nuevo para echarlo a suertes.
—¡Yo seré el cuervo! —dijo una de ellas.
Levko la examinó atentamente. PerseguÃa a las otras con movimientos rápidos y audaces y se lanzaba a un lado y a otro para capturar a su presa. Levko advirtió que su cuerpo no era tan transparente como el de las otras: en su interior se veÃa algo negro. De pronto se oyó un grito: el cuervo se habÃa lanzado sobre una de las muchachas y la habÃa capturado. A Levko le pareció que sus manos se transformaban en garras y que en su rostro se dibujaba una alegrÃa maligna.
—¡Ésa es la bruja! —dijo, señalándola de pronto con el dedo y volviéndose hacia la casa.