Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka La luna, que se había detenido sobre su cabeza, marcaba la medianoche; todo era silencio en el lugar; desde el estanque llegaba una fresca brisa; ante él se alzaba la triste y vieja casa con los postigos cerrados; el musgo y la maleza mostraban que llevaba mucho tiempo deshabitada. Levko abrió la mano, que durante todo el sueño había mantenido fuertemente cerrada, y lanzó un grito de estupefacción cuando advirtió que en ella había un billete: «¡Ah, si supiera leer!», pensó, examinándolo por todas partes. En ese instante oyó un ruido a sus espaldas.