Las Veladas de Dikanka

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—¡No tengáis miedo! ¡Cogedlo ahora mismo! ¡No hay de qué asustarse! Somos diez. ¡Estoy seguro de que es un hombre y no un diablo! —así gritaba el alcalde a sus compañeros; poco después Levko se vio cogido por varias manos, algunas de las cuales temblaban de miedo—. ¡Vamos, amigo, quítate esa horrible careta! ¡Deja ya de burlarte de la gente! —dijo el alcalde, agarrándole de las solapas; pero nada más verlo, se quedó atónito, mientras su único ojo parecía querer salirse de su órbita—. ¡Es Levko, mi hijo! —gritó, retrocediendo con asombro y dejando caer los brazos—. ¡Eres tú, hijo de perra! ¡Engendro del diablo! ¡Y yo que me preguntaba quién sería el canalla, el demonio disfrazado que inventaba todas esas jugarretas! ¡Y resulta que eras tú el que se estaba atragantando en la garganta de tu padre como una gelatina mal cocida! ¡Eras tú el que organizaba esos tumultos en la calle, el que componía esas canciones…! ¡Vaya, vaya con Levko! ¿Qué significa esto? A lo que parece, te pica ya la espalda. ¡Atadle!

—¡Espera, padre! Me han ordenado que te entregue este billete —dijo Levko.

—¡No es momento para billetes, querido! ¡Atadlo!

—¡Espere, señor alcalde! —exclamó el escribano, desplegando la nota— es la letra del comisario.

—¿Del comisario?


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