Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¿Del comisario? —repitieron maquinalmente los guardias.
«¿Del comisario? ¡Qué raro! ¡Cada vez entiendo menos!» —pensó Levko.
—¡Léela, léela! —exclamó el alcalde—. ¿Qué escribe el comisario?
—¡Oigamos lo que dice el comisario! —dijo el destilador, que mantenÃa la pipa entre los dientes mientras le prendÃa fuego.
El escribano carraspeó y empezó a leer:
—«Orden para el alcalde Evtuj Makogónenko. Ha llegado a nuestro conocimiento que tú, viejo tonto, en lugar de recaudar impuestos atrasados y mantener la aldea en orden, has perdido el juicio y cometes todo tipo de vilezas…».
—¡Por Dios! —le interrumpió el alcalde—. ¡No oigo nada!
El escribano empezó desde el principio:
—«Orden para el alcalde Evtuj Makogónenko. Ha llegado a nuestro conocimiento que tú, viejo ton…».
—¡Para, para! ¡No es necesario que sigas! —gritó el alcalde— aunque no he oÃdo nada, sé que no es eso lo importante. ¡Lee más adelante!