Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —No tengo la menor duda; estoy dispuesto a ponerme una cuerda al cuello y colgarme de ese árbol como una salchicha en la jata antes de Navidad si vendemos una sola medida.
—Pero ¿qué dices, paisano? Ya ves que sólo nosotros hemos traÃdo trigo al mercado —replicó el hombre de los bombachos de dril.
«SÃ, hablad cuanto queráis», pensaba el padre de la hermosa muchacha, sin perder una palabra de lo que decÃan los dos comerciantes, «pero yo tengo guardados diez sacos».
—No obstante, cuando el diablo se mete por medio, puede esperarse tan poco provecho como cuando se trata con un moshal hambriento —exclamó con aire de entendido el hombre del chichón.
—¿A qué diablo te refieres? —preguntó el de los bombachos de dril.
—¿No has oÃdo lo que dice la gente? —continuó el del chichón, mirando de soslayo a su compañero con sus huraños ojos.
—¿Qué?