Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Pues eso! Que el asesor —ojalá nunca pueda secarse la boca después de un trago de aguardiente de ciruela— ha organizado la feria en un lugar maldito en el que no venderás un grano de trigo aunque revientes. ¿Ves aquel viejo y destartalado cobertizo que está al pie de la montaña? (En ese momento el curioso padre de la hermosa muchacha se acercó aún más y se volvió todo oÃdos). En ese cobertizo no dejan de producirse maquinaciones diabólicas; jamás se ha celebrado una feria en ese lugar sin que acaeciera alguna desgracia. Ayer, el secretario provincial pasó por allà al atardecer y vio que un hocico de cerdo se asomaba al tragaluz y lanzaba un gruñido tan espantoso que sintió un escalofrÃo en todo el cuerpo; no tardará en aparecer de nuevo la casaca roja.
—¿Qué casaca roja?
Al oÃr esas palabras, a nuestro atento oyente se le erizaron los cabellos; se dio la vuelta asustado y vio a su hija y al muchacho fundidos en un sereno abrazo, canturreando alguna historia de amor, olvidados de todas las casacas del mundo. Esa escena disipó su miedo y le devolvió su anterior despreocupación.
—¡Eh, eh, eh, paisano! ¡A lo que parece eres un maestro en abrazar muchachas! Yo no aprendà hasta tres dÃas después de casarme con la difunta Jveska, y eso gracias a mi compadre, que actuó como testigo de boda y se encargó de instruirme.