Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka El muchacho se dio cuenta de que el padre de su amada no era hombre de muchas luces y trató de idear un plan para ganarse su voluntad.
—Seguramente, buen hombre, no te acuerdas de mÃ, pero yo te he reconocido al instante.
—Es posible.
—Si quieres, voy a decirte tu nombre, tu apodo y alguna otra cosa: te llamas Solopi Cherevik.
—En efecto, Solopi Cherevik.
—Ahora mÃrame bien: ¿no me reconoces?
—No, no me acuerdo. No te enfades, pero he visto tantas caras a lo largo mi vida que sólo el diablo podrÃa acordarse de todas.
—¡Es una pena que no recuerdes al hijo de Golopupenko!
—¿Eres el hijo de OjrÃmov?
—¿Y quién si no? A menos que sea el diablo en persona.
En ese instante los dos amigos se quitaron las gorras y empezaron a besarse. Sin embargo, el hijo de Golopupenko, sin perder el tiempo, decidió asediar a su nuevo conocido.
—Bueno, Solopi. Como ves, tu hija y yo nos hemos enamorado y estamos dispuestos a vivir juntos para siempre.