Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Si en ese instante hubiera acertado a pasar por allí en su troika el asesor de Soróchintsi, con su gorro ribeteado de piel de cordero, cortado al estilo de los ulanos, su pelliza azul con forro de astracán y su látigo trenzado de manera diabólica, con el que tenía la costumbre de azotar a su cochero para que condujera más deprisa, seguramente habría reparado en la bruja, pues no había persona en la aldea que pudiera escapar a su mirada. Sabía a la perfección cuántos lechones tenía el cerdo de cada campesina, cuánta tela guardaba cada una de ellas en su cofre y qué prenda de vestir o del ajuar empeñaría el domingo cada hombre de bien en la taberna. Pero el asesor de Soróchintsi no se encontraba por allí: ¿qué iba a estar haciendo en un distrito ajeno, cuando tenía el suyo? Entre tanto, la bruja alcanzó tal altura que parecía una simple mancha negra en el cielo. A medida que esa pequeña mancha avanzaba por el firmamento, las estrellas iban desapareciendo. La bruja pronto se llenó de ellas la manga. Aún brillaban tres o cuatro. De pronto, por el otro lado del cielo, apareció una segunda mancha que aumentó de tamaño y se extendió hasta perder esa primera apariencia. Un miope, aunque llevara puestas sobre la nariz, a modo de gafas, las ruedas de la calesa del comisario, no hubiera reconocido lo que era aquello. Por su parte delantera el objeto guardaba una semejanza completa con un alemán[16]: un hocico afilado, que no paraba de moverse y lo olisqueaba todo, y terminaba, como en los cerdos, en un pequeño apéndice redondo; unas piernas tan finas que si el alcalde de Yaréskov las hubiera tenido semejantes, se las hubiera roto en el primer baile cosaco. En cambio, visto de espaldas parecía todo un funcionario provincial vestido de uniforme, porque tenía un rabo tan largo y afilado como los faldones de los uniformes actuales; sólo la barba de chivo que lucía sobre el mentón, los pequeños cuernos que despuntaban en su cabeza y el hecho de que toda su figura no fuera más blanca que la de un deshollinador permitían adivinar que no era un alemán ni un funcionario provincial, sino simplemente el diablo, al que sólo le quedaba una noche para deambular por este mundo e inducir a pecar a los hombres de bien. Al día siguiente, en cuanto tañeran las campanas llamando a maitines, tendría que correr sin volver la vista, con el rabo entre las piernas, hasta su guarida.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker