Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Entretanto el diablo se aproximó a hurtadillas a la luna y ya se disponía a alargar la mano para cogerla, cuando de pronto la retiró, como si se hubiese quemado, se chupó los dedos, sacudió la pierna y lo intentó de nuevo por el otro lado, pero también esta vez tuvo que apartarse y retirar la mano. No obstante, a pesar de esos fracasos repetidos, el astuto diablo no renunció a su aviesa intención. Se acercó de nuevo, agarró la luna con ambas manos, soplando y haciendo gestos de dolor, y se la pasó de una mano a otra, como hace el campesino cuando coge un tizón con su mano desnuda para encender su pipa; finalmente la ocultó con premura en el bolsillo y siguió su camino como si tal cosa. En Dikanka nadie advirtió que el diablo había robado la luna. A decir verdad, el escribano del distrito, cuando salía a cuatro patas de la taberna, vio cómo la luna bailaba en el cielo y lo aseguró ante el pueblo entero, poniendo a Dios por testigo; pero los vecinos movieron la cabeza y hasta se burlaron de él. No obstante, ¿qué razón había impulsado al diablo a cometer un acto tan contrario a la ley? Pues la siguiente: sabía que el sacristán había invitado a comer kutiá al rico cosaco Chub, al alcalde, a un familiar del sacristán, chantre en el arzobispado, que llevaba una levita azul y sabía dar las notas más bajas, al cosaco Sverbiguz y a algún otro; allí, además de kutiá, se servirían toda suerte de manjares y vodka de azafrán. Mientras tanto, la hija de Chub, la joven más bella de la aldea, se quedaría sola en la casa, y probablemente recibiría la visita del herrero, un muchacho fuerte y apuesto, por el que el diablo sentía aún más repugnancia que por los sermones del padre Kondrat. En sus ratos libres el herrero se entretenía pintando y estaba considerado el mejor pintor de toda la región. El capitán de cosacos L… ko, entonces con vida, lo llamó expresamente a Poltava para que pintara la valla de madera que rodeaba su casa. Todas las escudillas en las que los cosacos de Dikanka tomaban el borsch habían sido decoradas por el herrero, que era una persona temerosa de Dios y solía pintar la imagen de los santos: todavía puede verse en la iglesia de T. su retrato del evangelista San Lucas. Pero la cumbre de su arte era un cuadro que había pintado en la pared de la iglesia, a la derecha de la entrada, en el que se representaba a San Pedro el día del Juicio Final, con las llaves en la mano, expulsando al espíritu maligno a los infiernos; el asustado diablo corría de un lado para otro, presintiendo su derrota, y los pecadores, hasta entonces prisioneros suyos, le perseguían y le golpeaban con látigos, palos y todo lo que caía en sus manos. Durante todo el tiempo que el pintor empleó en su cuadro, ejecutado sobre una gran tabla de madera, el diablo había hecho todo lo posible por molestarle: le movía la mano a escondidas, levantaba las cenizas de la fragua y las lanzaba sobre el cuadro; no obstante, a pesar de todo, el herrero terminó el trabajo, la tabla fue transportada a la iglesia e incrustada en la pared, cerca de la entrada; desde entonces, el diablo había jurado vengarse del herrero.