Las Veladas de Dikanka

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De ese modo, en cuanto el diablo se guardó la luna en el bolsillo, el mundo entero quedó sumido en una oscuridad tan absoluta que difícilmente habría encontrado alguien no ya el camino que conducía a casa del sacristán, sino incluso el que llevaba a la taberna. La bruja, al verse de pronto envuelta en esas tinieblas, dio un grito. En ese momento el diablo se acercó a ella haciéndole cumplidos, la cogió del brazo y empezó a susurrarle al oído las palabras que suelen decirse a las mujeres. ¡Es extraño cómo está construido este mundo nuestro! Todas las criaturas que viven en él se esfuerzan por imitarse y copiarse unas a otras. Hace tiempo, en Mírgorod, el juez y el alcalde eran los únicos que llevaban en invierno pellizas forradas de paño, mientras que los pequeños funcionarios usaban las corrientes. Ahora, en cambio, el asesor y el secretario rural se mandan hacer pellizas nuevas de piel de cordero forradas de paño. Hace dos años, el oficinista y el escribano compraron una tela azul a ochenta y cinco kopeks el metro. Y el sacristán se ha hecho este verano unos pantalones bombachos de nanquín y un chaleco de lana a rayas. En una palabra, todo es apariencia. ¡Cuándo dejarán los hombres de ser vanidosos! Apuesto a que muchos quedarán sorprendidos al saber que el diablo seguía el mismo camino. Lo más irritante es que seguramente se creía muy apuesto, cuando en realidad tenía una cara que daba miedo. ¡Con una jeta como la suya —que, como dice Fomá Grigórievich, es lo más repugnante que hay en el mundo—, y se pone a hacer la corte! No obstante, tanto en el cielo como en la tierra reinaba una oscuridad tan espesa que nada alcanzó a verse de lo que pasó entre ellos.


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