Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Entonces, compadre, ¿todavÃa no has estado en la nueva jata del sacristán? —preguntó el cosaco Chub, mientras salÃa a la puerta de su casa, a un hombre enjuto, alto, vestido con una pelliza corta, cuya hirsuta barba mostraba que desde hacÃa más de dos semanas no acariciaba sus mejillas el pedazo de hoz que, a falta de navaja, los campesinos suelen emplear para afeitarse—. ¡Buen jaleo habrá allà ahora! —continuó Chub, al tiempo que su rostro esbozaba una sonrisa—. Espero que no lleguemos tarde.
Asà diciendo, Chub se ajustó el cinturón de su pelliza, se caló con fuerza el gorro y apretó en su mano la fusta, que era el terror y el flagelo de los perros inoportunos. No obstante, nada más levantar los ojos al cielo, se detuvo.
—¡Por todos los diablos! ¡Mira! ¡Mira, Panas!…
—¿Qué? —exclamó el compadre, mirando también hacia arriba.
—¿Cómo que qué? ¡No hay luna!
—¡Pues sà que es raro! ¡Es cierto que no hay luna!
—No parece que eso te importe mucho —dijo Chub con un punto de irritación ante la indiferencia imperturbable de su compañero.
—¿Y qué quieres que haga?