Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Chub siguió farfullando y blasfemando durante un buen rato, al tiempo que pensaba lo que debÃa hacer. SentÃa un enorme deseo de charlar de cualquier tema en casa del sacristán, donde, seguramente, ya se habÃan reunido el alcalde, el chantre recién llegado y el vendedor de brea Mikita, que iba cada dos semanas al mercado de Poltava y contaba tales historias que todos los vecinos tenÃan que agarrarse el vientre para no estallar de risa. Chub veÃa ya el licor puesto sobre la mesa. Todo eso era muy tentador, pero la oscuridad de la noche le recordaba esa pereza tan cara a todos los cosacos. Con qué gusto se tumbarÃa ahora sobre la estufa, con las piernas recogidas, se fumarÃa tranquilamente su pipa y escucharÃa a través de una agradable somnolencia los villancicos y las canciones de los alegres mozos y las muchachas, reunidos en grupos bajo las ventanas. Sin ninguna duda, habrÃa adoptado esa última resolución si hubiera estado solo. Pero en compañÃa no le resultaba tan terrible y aburrido ese paseo nocturno; además, no querÃa pasar ante los otros por un perezoso o un cobarde. Una vez agotados los juramentos, se dirigió de nuevo a su compadre.
—Entonces ¿no hay luna, compadre?
—No.
—¡Pues sà que es raro! Dame un poco de tabaco. Tienes un tabaco estupendo, compadre. ¿Dónde lo compras?