Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Qué diablos va a ser bueno! —respondió el compadre, cerrando la tabaquera de madera de abedul, decorada con cintas y volutas—. ¡No harÃa estornudar ni a una gallina vieja!
—Recuerdo —continuó Chub en el mismo tono— que el difunto tabernero Zuzulia me trajo en una ocasión tabaco de Nezhin. ¡Eso sà que era tabaco! ¡Un tabaco excelente! Entonces ¿qué hacemos, compadre? En la calle todo está oscuro.
—Quedémonos en casa —exclamó el compadre, agarrando el picaporte de la puerta.
Si el compadre no hubiera hecho ese comentario, Chub probablemente hubiera decidido quedarse, pero ahora algo le impulsaba a tomar el partido contrario.
—No, compadre, vayamos. No podemos quedarnos. Tenemos que ir.
Nada más decir esas palabras, Chub se arrepintió de haberlas pronunciado. Le resultaba muy desagradable arrastrarse por la calle en una noche como ésa; pero se consolaba pensando que hacÃa lo que querÃa y no lo que el otro le habÃa aconsejado.
El compadre no dejó que su rostro trasluciera el menor rastro de enojo; como persona a la que resultara indiferente quedarse en casa o salir de ella, miró a su alrededor y se rascó los hombros con el mango de su bastón; a continuación, los dos compadres se pusieron en camino.