Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Una vez que se marchó su padre, pasó largo rato arreglándose y haciendo gestos delante de un pequeño espejo con marco de estaño, sin dejar de admirarse. «¿Por qué la gente proclama que soy hermosa?», decía como distraída, con la única intención de hablar un poco consigo misma. «La gente miente. No tengo nada de hermosa». Pero una mirada al espejo, donde se reflejaba un rostro lleno de fresca e infantil viveza, con brillantes ojos negros y una sonrisa inefable y encantadora, que abrasaba el alma, le convencía de lo contrario. «¿Acaso mis ojos y mis cejas negras, continuaba la bella sin apartarse del espejo, son tan hermosos que no conocen igual en el mundo? ¿Qué tiene de bonito esta nariz respingona? ¿Y estas mejillas? ¿Y estos labios? ¿Acaso son hermosas mis negras trenzas? ¡Ay, hasta darían miedo por la noche! Parecen largas serpientes entrelazadas y enroscadas sobre mi cabeza. ¡Ahora me doy cuenta de que en absoluto soy hermosa!» y, apartando un poco el espejo, exclamó: «¡Sí, soy hermosa! ¡Ah, qué hermosa soy! ¡Una maravilla! ¡Qué dichoso haré a mi marido! ¡Cómo me admirará! Perderá la cabeza. Me comerá a besos».
—¡Extraña muchacha! —susurró el herrero, que había entrado en la casa sin hacer ruido—. ¡No es poco lo que se alaba! ¡Lleva ya una hora delante del espejo, mirándose y diciéndose cumplidos en voz alta!