Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka «Sí, muchachos, ¿pensáis que estoy hecha para vosotros? Miradme bien», continuó la bella coqueta: «mirad con qué garbo camino. Mi blusa está bordada de seda roja. ¡Y qué cintas llevo en la cabeza! ¡No habéis visto en vuestra vida adornos más ricos! Todo esto me lo ha comprado mi padre para que se case conmigo el mejor muchacho del mundo». En ese instante se volvió con una sonrisa y reparó en el herrero…
Nada más verlo lanzó un grito y se detuvo ante él con aire severo.
El herrero perdió todo su ánimo.
Sería difícil describir lo que expresaba el atezado rostro de la extraña muchacha: en su severidad se advertía un matiz de burla, motivado por la timidez del herrero, y una leve huella de enfado, apenas perceptible, cubría de un delicado rubor todo su rostro; todos esos sentimientos entremezclados la hacían tan indescriptiblemente hermosa que lo mejor que podía hacerse era cubrirla de un millón de besos.
—¿A qué has venido? —comenzó Oksana—. ¿Acaso quieres que te eche de aquí a palazos? Todos vosotros sois unos maestros cuando se trata de cortejar a las muchachas. Enseguida olfateáis el momento en que los padres no están en casa. ¡Os conozco muy bien! ¿Y qué pasa con mi cofre? ¿Ya está terminado?