Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Estará listo después de las fiestas, corazón mÃo. Si supieras cuánto he trabajado en él: me he pasado dos noches sin salir de la herrerÃa. Pero ninguna hija de pope tendrá nunca un cofre semejante. El hierro que he empleado para los herrajes ni siquiera lo he puesto en la calesa del capitán de cosacos, cuando trabajaba en Poltava. ¡Y qué dibujos lo adornarán! ¡Aunque recorrieras toda la región con tus blancos pies no encontrarÃas nada igual! Toda la superficie estará decorada de flores rojas y azules. Relucirá como el fuego. ¡No te enfades conmigo! ¡PermÃteme, por lo menos, que te hable y te mire!
—¿Quién te lo prohÃbe? ¡Habla y mira!
Tras pronunciar esas palabras, se sentó en el banco, se miró de nuevo en el espejo y empezó a acomodarse las trenzas sobre la cabeza. Miraba su cuello, su nueva blusa bordada de seda, y un delicado sentimiento de satisfacción se dibujaba en sus labios y en sus frescas mejillas, iluminando sus ojos.
—¡PermÃteme que me siente a tu lado! —dijo el herrero.
—Siéntate —concedió Oksana, con la misma expresión de satisfacción en los labios y en los ojos.