Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Maravillosa, encantadora Oksana! ¡PermÃteme que te bese! —exclamó el enardecido herrero, apretándola contra sà con intención de besarla. Pero Oksana apartó sus mejillas, que se encontraban ya muy cerca de los labios del herrero, y lo rechazó.
—¿Y qué más quieres? ¡Se le da miel y pide también la cuchara! Vete de aquÃ, tienes las manos más ásperas que el hierro. Además, hueles a humo. Creo que me has manchado toda de hollÃn.
Y asà diciendo, se acercó de nuevo al espejo y empezó a arreglarse.
«No me ama», pensó el herrero, bajando la cabeza. «No hace más que jugar conmigo, mientras yo sigo delante de ella como un imbécil, sin quitarle los ojos de encima. ¡Y podrÃa pasar asà la vida entera, sin dejar de mirarla! ¡Extraña muchacha! ¡Lo que darÃa por saber lo que guarda en el corazón, a quién ama! Pero no, ella no necesita a nadie. Sólo se admira a sà misma. ¡Cómo me atormenta, pobre de mÃ! La tristeza que siento me impide ver el mundo. ¡La quiero tanto como nadie ha querido jamás!».