Las Veladas de Dikanka

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—¿Es cierto que tu madre es una bruja? —preguntó Oksana, echándose a reír; y el herrero sintió que todo su ser también reía. Parecía como si la risa de la joven resonara en su corazón y en sus estremecidas venas, y el despecho se apoderó de su alma cuando pensó que no podía cubrir de besos ese rostro de risa tan deliciosa.

—¡Qué me importa a mí mi madre! Tú eres mi madre, mi padre y todo lo más querido que hay para mí en este mundo. Si el zar me llamara y me dijera: «Herrero Vakula, pídeme todo lo mejor que hay en mi imperio y te lo daré. Haré que te construyan una herrería de oro y forjarás con martillos de plata». «No quiero ni piedras preciosas, ni herrerías de oro ni todo tu imperio» —le diría yo al zar—. «¡Dame mejor a Oksana!».

—¡Hay que ver cómo eres! Pero mi padre tampoco es tonto. Lo verás cuando se case con tu madre —dijo Oksana, con una sonrisa maliciosa—. Las muchachas no vienen… ¿Qué habrá pasado? Ya es hora de cantar villancicos. Empiezo a aburrirme.

—¡Que se vayan al diablo, hermosa mía!

—Pero ¡qué dices! Con ellas vendrán probablemente los mozos. Organizaremos un baile. Puedo ya imaginarme las divertidas historias que contarán.

—Entonces, ¿te diviertes con ellos?


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