Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Mucho más que contigo. ¡Ah! Alguien llama; seguramente serán las muchachas y los mozos.
«¿Qué más puedo esperar?», se dijo el herrero. «Se burla de mÃ. Le importo tanto como una herradura oxidada. No obstante, no permitiré que ningún otro se rÃa de mÃ. Sólo tengo que fijarme en quién le gusta más que yo. Se va a enterar ése…».
El curso de sus pensamientos se vio interrumpido por un golpe en la puerta, mientras una voz, que resonaba con fuerza en el aire helado, decÃa: «¡Abre!».
—Espera, yo abriré —dijo el herrero, y salió enfadado al zaguán, con intención de romperle las costillas al primer hombre con el que se encontrara.
La helada se recrudecÃa y en las alturas el frÃo era tan intenso que el diablo saltaba con una pezuña sobre la otra y se soplaba los puños tratando de calentarse un poco las manos heladas. No es raro que tenga frÃo alguien que se pasa los dÃas dando empellones en el infierno, donde, como es sabido, no hace tanto frÃo como aquà en invierno, y donde, calándose un gorro y poniéndose delante del fuego como un cocinero, asa a los pecadores con la misma satisfacción que experimenta una mujer cuando frÃe una salchicha en Navidad.