Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Hasta la bruja tenía frío, a pesar de que llevaba ropas de abrigo; por eso, levantando los brazos y avanzando un pie, adoptó la postura de un patinador que vuela por el hielo y, sin mover un solo músculo, se deslizó por el aire como por una ladera helada, hasta alcanzar su chimenea.
El diablo avanzaba de la misma manera detrás de ella. Pero como ese animal es más hábil que cualquier petimetre con medias, no es extraño que, en el momento preciso en que la bruja penetraba por el tubo de la chimenea, él se agarrara al cuello de su amada y ambos acabaran cayendo en la espaciosa estufa, en medio de los pucheros.
La viajera empujó sin ruido la portezuela para ver si su hijo Vakula había traído invitados, pero al no ver más que unos sacos tirados en medio de la habitación, salió de la estufa, se quitó su gruesa pelliza y se arregló las ropas, de modo que nadie habría podido sospechar que un minuto antes volaba sobre una escoba.