Las Veladas de Dikanka

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La madre del herrero Vakula no tenía más de cuarenta años. No era guapa ni fea. Es difícil conservarse bonita a esa edad, pero ella sabía cómo encandilar a los cosacos más respetables (que, dicho sea de paso, poco se preocupan de la belleza); de hecho, la visitaban el alcalde, el sacristán Ósip Nikíforovich (cuando su mujer no estaba en casa, naturalmente), el cosaco Korni Chub y el cosaco Kasian Sverbiguz. Hay que decir en su honor que sabía tratarlos con mucha habilidad. Ninguno de ellos sospechaba que tenía rivales. Cuando un campesino devoto o un gentilhombre, como a sí mismos suelen llamarse los cosacos, llevando su capa con capucha, iba el domingo a la iglesia, o, si hacía mal tiempo, a la taberna, nunca dejaba de pasar por casa de Soloja, para degustar sus grasientos buñuelos con crema agria y charlar un rato en la caldeada isba de la dicharachera y acogedora dueña. Había algún gentilhombre que daba un gran rodeo antes de ir a la taberna y, cuando llegaba a casa de la mujer, le decía que «iba de paso». Los días de fiesta, cuando Soloja iba a la iglesia y se plantaba delante del coro, con su saya de color vivo, su mandil de tela y su falda azul por encima, adornada con cintas doradas en la parte trasera, era seguro que el sacristán empezaría a toser e involuntariamente se pondría a guiñar el ojo en esa dirección; el alcalde, por su parte, se atusaría el bigote, se colocaría el tupé detrás de la oreja y le diría al vecino más cercano: «¡Ah, qué mujer más estupenda! ¡Es un diablo de mujer!».


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