Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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Soloja saludaba a todo el mundo y cada uno pensaba que sólo le saludaba a él. Sin embargo, una persona que se interesara por los asuntos ajenos habría observado enseguida que Soloja era especialmente amable con el cosaco Chub. Chub era viudo. Delante de su jata siempre había ocho almiares de trigo. Dos parejas de robustos bueyes sacaban la cabeza del establo y mugían cada vez que pasaba por la calle su comadre la vaca o su tío el grueso toro. Un chivo barbudo se encaramaba en el tejado y desde allí, como si fuera el alcalde, balaba con una voz aguda, haciendo rabiar a los pavos que deambulaban por el patio, y se daba la vuelta cuando veía a sus enemigos, los muchachos, que se burlaban de su barba. En los cofres de Chub había cantidad de telas, caftanes y antiguos abrigos con galones dorados, pues su difunta esposa había sido una mujer muy presumida. En el huerto, además de amapolas, repollos y girasoles, se plantaban cada año dos bancales de tabaco. Soloja no encontraba superfluo añadir todas esas propiedades a su propia hacienda; pensaba por anticipado en la forma que todo eso tomaría cuando estuviera en su poder, y redoblaba las atenciones hacia el viejo Chub. Y para que su hijo Vakula no pudiera engatusar a Oksana y apropiarse de sus bienes —pues en ese caso no le habría permitido mezclarse en nada—, había recurrido al método habitual de todas las cuarentonas: procurar que Chub y el herrero discutieran con la mayor frecuencia posible. Puede que esas argucias y tretas fueran las responsables de que las viejas hubieran empezado a decir, sobre todo cuando habían bebido una copa de más en alguna alegre reunión, que Soloja era una verdadera bruja; de que el joven Kiziakolupenko hubiera advertido que le salía por detrás un rabo no mayor que un huso; de que dos semanas antes, un jueves, algunas personas la hubieran visto atravesar la calle bajo la apariencia de un gato negro; y de que en cierta ocasión, la mujer del pope hubiera contemplado cómo un cerdo entraba en su casa, cacareaba, se ponía en la cabeza el gorro del padre Kondrat y a continuación salía corriendo.


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